lunes, 25 de febrero de 2013




Pesadilla en el parque de atracciones

Un domingo familiar nunca viene mal. Mi sobrino estaba cada día más grande pero todavía seguía disfrutando de los paseos por el parque al atardecer. Nos escapamos, él y yo, de la sobremesa para tomar un poco de aire y, por mi adicción a los juegos de kermés. Primero lo llevé a la calesita; pasaban un tema de “Manel” que, a pesar de que desentonaba con el vaivén de los corceles del carrusel, movía alguna fibra adentro de mí, nostalgia tal vez. Iba por la quinta vuelta cuando empezaron a iluminarse los típicos juegos de feria: el tiro a los patos, el juego de embocar el aro en las cajitas de fósforos, lanzamiento de pelota, el martillo.

Esperé que terminara la última vuelta y cruzamos el parque en dirección a la kermés. Empezamos por el juego en que, con una pistola de agua, hay que embocar el chorro en la boca de un vaquero. Me fue bastante mal, había pasado mucho tiempo desde mi última práctica de tiro al blanco. Después fuimos al juego de encestar la pelota en la canasta. Gané. Me dieron a elegir un premio y yo le di a elegir a mi sobrino que ya apuntaba su dedo hacia un camión de plástico de esos que cargan arena en la caja. Lo recibió con una sonrisa de oreja a oreja, sosteniéndolo bien fuerte dio media vuelta y salió corriendo –tal vez temía que tendría que devolverlo, o que yo quisiera quedarme con el premio, no sé-. Llegó hasta donde estaba el vendedor de globos y me echó una mirada compradora de esas que hacen lo chicos cuando quieren algo. Me acerqué al globero y compré dos globos: uno se lo di al nene y otro me lo quedé para mí –el chico estaba un poco excitado, corriendo de un lado a otro, si se perdía podría reconocerme por el globo-.

Otra vez salió disparado, ahora con el camión abrazado al cuerpo y el globo en la otra mano, se fue en dirección al juego del martillo; Si tenía la intención de que pruebe “el martillo”, estaba equivocado, no quería pasar vergüenza –alguna vez había intentado, y golpeando con todas mis fuerzas, logré que la bola llegue a la mitad: paupérrimo desempeño-.

Me quedé parado haciéndome el distraído hasta que sentí algo frío por detrás, un fierro se clavaba en el huesito de la espalda, justo encima del culo. Atiné a darme vuelta y noté que era un payaso, “quedate quieto o te quemo”, me susurró al oído y agregó: “dame la billetera y hacete el boludo, despacio, ta’ todo bien-. Mientras llevaba la mano al bolsillo –no sé por qué- solté el globo. Noté como aflojaba la fuerza el metal de la pistola en mi espalda y que la cabeza del payaso se inclinaba, estaba mirando al globo que salía volando. Pegué un codazo hacia atrás y una patada, casi al mismo tiempo, el payaso se dobló sobre sí mismo. Un cachorro caniche que estaba a unos metros, viendo la escena de violencia, se vino al humo, se aferró con  los dientes a mi pantalón y esta vez, cuando el payaso se levantaba con el arma apuntándome, pateé con todas mis fuerzas al aire, el perrito salió volando en dirección al payaso y se clavó con las uñas a su cara, el tipo soltó el arma para sacarse al animal de encima; salté y la recogí. La escena era confusa, los rulos turquesa del payaso se mezclaban con el afro blanco del perro que ya había echo su trabajo dejando la ropa de arlequín hecha jirones. Cuando me fui de ahí hacia donde estaba mi sobrino, escuchaba de fondo los gritos del payaso y los gruñidos del perrito, la gente llamaba a la seguridad: “¡Policía, policía!”, gritaba la dueña del caniche; de fondo se escuchaba el vals “Sobre las olas”. Tiré la pistola en un cesto de camino, y así como venía, agarré a mi sobrino, lo alcé y me fui al trote. Cuando ya estaba en la esquina de casa, palpé mi bolsillo, la billetera estaba ahí. Nos guiñamos el ojo cuando le dije al chico que no diga nada de lo que había pasado y seguimos camino a casa, en silencio.



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jueves, 7 de febrero de 2013




A tres centímetros del suelo

Las seis. En punto. Llega el auto de siempre. El lugar de siempre. Se detiene el motor dejando un vacío en el aire –siento cómo puede escuchar mi respiración- que me agita un poco. Ella baja del auto con su vestido de flores; está arrugado por el viaje: desde la oficina hasta la casa tiene una media hora. Alguna vez acompañé su ruta, escuchando discos durante el trayecto.
Entró en la casa como siempre –mirando hacia ambos lados, con la llave en mano antes de alcanzar la puerta- entró. Yo estaba ahí hace un rato aguardando el momento de sacar la llave que sujetaba en mi bolsillo del pantalón: era la última copia o, la copia de la copia, la que no se devuelve.
Crucé la calle rápidamente no sin antes fijarme alrededor para ver si había alguien mirando. Abrí el cerco y me arrimé a la puerta, tomé el picaporte. Hice una pausa. Apoyé la frente en la madera para hacer un mapa mental de la casa, recordaba cada  rincón como si fuera hoy el día que me había ido, podría dibujarlo con los ojos cerrados.
Apoyé la oreja para comprobar que no había nadie detrás –en efecto, no había un solo ruido- y coloqué la llave; le di las dos vueltas necesarias, y giré mi mano empuñando el bronce frío para abrir. Me metí de una zancada y me arrojé hacia adentro, hacia el hall de entrada, y con un pequeño salto, alcancé una columna para ocultarme y esperar. En mi mano izquierda tenía lo que había venido a darle.
Crucé el living en cinco pasos hasta el tabique que lo separa de la cocina. Escuché unos ruidos: eran sonido de vajilla, de porcelana. Esperé hasta que se fuera –ella siempre sale al jardín para su tomar su café-, era cuestión de tiempo, pero estaba seguro que lo haría, tal como siempre en cada tarde de verano; aun cuando llovía corría con sus manos tapando la taza de café hasta quedar debajo del techo del invernadero –su segundo hogar-.
Esa repetición era lo que más recordaba, cuando la veo hacer sus ritos una y otra vez, me vuelve esa sensación de estabilidad, de seguridad. Asomé los ojos para verla a través del vidrio de la puerta que me separaba de ella. El crujido que hizo la bisagra me hizo dar un salto hacia atrás -pude sentir como se aceleraban mis latidos: contuve la respiración…
Hubo un silencio del otro lado, luego un cajón se abrió –cerré los ojos queriendo desaparecer-, era ese el momento, tenía que avanzar, ya no había vuelta atrás.
Un portazo me sacó del estupor; al parecer, ella había ignorado el ruido –salió al jardín: pensé- Abrí la puerta suavemente y entré en la cocina. Esta vez avancé lentamente, disfrutando cada paso; me acerqué a la puerta ventana que daba al jardín y empujé el mosquitero; había atravesado el marco de la puerta cuando apareció repentinamente, ella, con un golpe que descargó contra mi pecho inflado. Sus ojos se llenaron de lágrimas en ese instante que nos vimos, y mientras daba unos pasos hacia atrás, yo me acercaba. Ella cayó a una silla que estaba detrás, y yo empecé a sentir una debilidad en mis piernas que me hizo caer de rodillas al piso. Me sentía débil en todo el cuerpo y lo que veía se iba tiñendo de verde. Apoyé una mano en el césped, luego la otra, dejando caer lo que le había traído.
Estaba tendido sobre el pasto. Un rayo de sol se reflejó en el cuchillo que tenía clavado entre las costillas. Me sentí feliz como hacía mucho tiempo no me sentía. Antes de cerrar los ojos, pude ver sus pies, elevados del suelo, al menos eso parecía, y yo sabía que si estaban flotando…, eso era por mí. 



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martes, 29 de enero de 2013




El vuelo mágico

Lo primero que vi cuando entré en el hospital fue un calendario que colgaba detrás de la secretaria de mesa de entradas; un recuadro en color rojo me recordaba que era veinte de diciembre. Mientras la secretaria me entregaba un sobre con los últimos estudios, imaginaba delante de mí una pantalla en la cual proyectaba –siguiendo las profecías Mayas- la visión del fin del mundo.   

Mi madre no sabía nada de todo esto; ella estaba internada hacía un mes y se había perdido todo el bombo que le habían dado en los medios al asunto. Aún seguía en coma desde el día del accidente, y el pronóstico no era alentador. La última semana había pasado de visita todos los días. Me quedaba unas horas en el hospital: leía, hablaba por teléfono para arreglar asuntos pendientes del trabajo. Nada especial, simplemente estaba. Cada tanto me quedaba observando su cuerpo casi irreconocible detrás de todos esos cables y mangueras.

Entre los cambios de guardia, mientras esperaba, volví a pensar en la predicción. La profecía había sido clara: el día de mañana –según había leído- se alinearía el sol con otras dos estrellas y eso causaría…no recuerdo qué; y después, le seguirían tres días de oscuridad –la luz eléctrica desaparecería- y luego comenzaría una época de luz .“Regirá la energía fotónica”: decían. Todo lo que anunciaban era bastante complejo, sin embargo, hasta ese momento (las seis de la tarde del día previo al fin del mundo) no había ningún indicio de todo eso.

Hacía unos días había visto una película de Lars Von Trier: “Melancolía” se llamaba. También trataba el tema de los últimos días, pero, a diferencia de nuestro profético final abrupto, en el film,  el proceso “armagedónico” duraba días.  

Los médicos entraban y salían para hacer los controles. Yo leía en el diario una nota sobre todo el alboroto social que rodeaba a este día. Era un análisis del tipo sociológico, y llegaba a la conclusión –de manera implícita- de que la raza humana es bastante estúpida. Yo, personalmente, creo que todo ese clima de fervor se debe a que la gente está aburrida.

Me quedé un momento callado deseando recibir una respuesta, pero como es de esperar en estas preguntas, existe solo el silencio. Cuando miré la hora, vi que habían pasado cuarenta minutos. El sol empezaba a caer, entraban los últimos rayos a través de la ventana. Me levanté del sillón y me acerqué a ella, a mi madre. Noté que no me generaba tristeza, no me generaba nada. La observé detenidamente intentando recordar cuando estaba despierta: lo único que logré evocar fue el recuerdo de mi infancia de cuando estaba en la plaza; mientras yo me hamacaba, la veía entre la gente, mirando hacia un horizonte imaginario, perdida; un poco como la veo ahora. Me incliné y le besé la frente, después presioné el botón del respirador, lo dejé en la posición de: OFF.

Agarré el bolso y salí del hospital. Tomé un taxi en la puerta y le indiqué el camino hacia la estación: el tren salía en media hora. Caí en la cuenta de que entraría en el día del fin del mundo, en el camarote de un tren –de alguna manera estaba viajando a otra vida, como había leído en ese último párrafo de la profecía maya: “el vuelo mágico”-; lo mío era más humilde. Ni bien el inspector me picó el boleto, caí en un sueño profundo. Me dejé llevar, no sin un poco de pena por no poder aguantar hasta las doce...

Cuando volví a mirar la hora ya era de día, el ruido del tren me mantenía adormecido y aún faltaba un buen rato para llegar a destino. Pensé en mamá, ella también estaría viajando. En la pared del camarote había un reloj eléctrico, debajo de las agujas colgaba un cartelito que indicaba la fecha: era veintiuno de diciembre, año dos mil doce. El sol estaba cerca de la línea del horizonte, era una esfera anaranjada que se alzaba sobre el desierto; no había ningún animal a la vista ni árboles ni nada. Yo seguía allí sentado, dejando pasar el tiempo, recordando su mirada, tan parecida a la mía.

jueves, 27 de diciembre de 2012


Directo al barranco

Relato basado en un título cedido por Erzengel (Ejercicio para Adictos a la escritura)



Giró la llave; ni bien puso primera, la aguja del tacómetro cruzó la línea roja. La estela de humo que dejó al salir de allí le generó tos a su mujer –él jamás se enteraría de este hecho- que quedaba llorando desconsolada en la vereda.

Era temprano para ser un domingo: la calle estaba vacía excepto por la presencia inmóvil de ella: parecía congelada en el tiempo: una fotografía. El espejo retrovisor devolvía la imagen de una ruta en la que su mujer se había transformado en tan solo un punto de en un punto de fuga.

En el asiento del acompañante estaba la carta abierta que había encontrado al levantarse; podría ser una hoja de papel común y corriente si no fuera por lo que tenía escrito. Él miraba la carta de tanto en tanto, y cada vez que lo hacía se le llenaban los ojos de lágrimas –aceleraba más cada vez que la veía- por la imagen que se iba armando en su mente.

Atravesaba el desierto a toda velocidad intentando ganarle al tiempo. Tenía un destino marcado que conducía directo al barranco de la colina; iba rasando ese camino que se encogía a medida que avanzaba.

El auto se detuvo: el motor estaba apagado -había olvidado cómo había llegado hasta allí, cómo había hecho el último tramo-. El silencio del desierto se quebraba con el chillido de un águila que acechaba el vehículo detenido a la vera del precipicio; mientras él, aún sentado, aferrado al volante, giró la vista y desprendió una mano para volver a tomar la carta y volver a leerla.

El temblor de los dedos dificultaba su lectura pero él insistía: se detenía en cada palabra, las separaba en sílabas como cuando era niño. Levantó la vista cuando cayó una lágrima sobre el papel, y con la mirada borrosa, contempló en el horizonte…

Abrió la puerta, sacó una pierna, luego la otra, y sin cerrar se asomó al abismo. Todo era cierto, las palabras cobraban vida revelando sus pensamientos más oscuros: ahí yacía su hijo en la base de aquel barranco, desparramado sobre una roca, sobre un charco de sangre -lo había visto con vida la noche anterior, antes de encontrar la carta en su habitación vacía-. Él, padre, vencido, cayó de rodillas sobre la cornisa de aquel precipicio, preguntándose lo que solo él sabe, ignorando lo que sigue, cómo continuar con vida; sabiendo que, aunque llegara a una respuesta, él había llegado demasiado tarde.



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martes, 11 de diciembre de 2012


La cita
Anochecía. Las primeras estrellas aparecían entre los edificios mientras yo esperaba. Había deseado tanto aquel momento…  
Ella venía en el metro; estaba a tres estaciones: así decía el mensaje de texto que acababa de recibir. El ruido de una sirena motivó que retirara la vista de la pantalla. Una ambulancia pasaba a toda velocidad atravesando la calle. Me levanté de mi asiento, caminé unos diez pasos hasta que un policía me empujó al pasar corriendo.
Acomodé mi ropa y controlé la hora del teléfono. Ana tendría que estar por llegar. Volví sobre mis pasos hacia el lugar donde habíamos quedado, ya que nunca nos habíamos visto en persona. Encendí un cigarrillo para hacer tiempo; era mentolado: ella odiaba el tabaco.
Entre una y otra calada, miraba el reloj. El bullicio crecía. Ana estaba retrasada; tal vez, por lo que estaba ocurriendo más adelante -un accidente quizás-. Las corridas se multiplicaban. A los uniformados se les sumaban civiles. Yo estiraba el cuello pero solo veía las luces de las sirenas. Marqué su número; del otro lado sonó directamente el contestador. Corté.
Para aquel entonces, la muchedumbre se agolpaba. Había pasado una hora y aún seguía sin noticias de ella. Aspiré el humo hasta quemar el filtro; era el último cigarrillo… –ella odiaba el tabaco-. Al arrojarlo al suelo desparramó sus brasas. Lo pisé. Eché una mirada en dirección a las luces, al tumulto; tomé las flores y me fui hacia el lado contrario. 


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domingo, 2 de diciembre de 2012



Esta imagen fue realizada por Federico Abuyé






La postal

La postal que tenía en mis manos databa del año 1925. Observaba aquella imagen con detenimiento, como si estuviera yo mismo allí parado contemplando aquel paisaje. Era una foto en blanco y negro que enmarcaba una porción de algún pueblo perdido. Mientras mi vista se detenía en algún punto del paisaje, mi mente viajaba a ese sitio, fantaseando sobre el momento en que alguien, un desconocido para mí, disparaba el botón de la cámara, guardando en el rollo de acetato este paisaje que a él le habría llamado la atención. Esta persona había elegido plantarse en ese punto para tomar registro de lo que veían sus ojos.

Una calle de tierra era la entrada a ese lugar en el mundo, cercada por jardines y bancos vacíos; en el fondo, más allá de lo que pareciera ser una escuela, descansaba un burro, diminuto, casi imperceptible: era el único testigo. A pesar de las nubes, la sombra se hacía espacio debajo de unos árboles, y por el tamaño de la misma, sospechaba que aquel desierto sería producto de la tan respetada hora de la siesta.

Habiendo ya repasado cada detalle una y otra vez, comencé a inquietarme con la idea  de que, quien había tomado la fotografía ya estaría muerto, y era yo mismo, un siglo después, el que estaba dándole vida a aquel paisaje impreso en el cartón que sujetaba entre mis dedos. Era yo el que movía las piezas del entorno, la cultura, el estilo y las costumbres de los que habitaban ese pueblo.

Me recliné sobre el respaldo dejando la postal a un lado, aún sin soltarla, pensando en las fotos que yo había tomado a lo largo de mi vida, en la gente que, incluso, quedaba retratada en ellas, algunos conocidos, otros completamente anónimos.

Sonó el reloj de pared; marcaba las once: tenía que continuar con mi tarea. Eché una última mirada a la postal y la rompí, primero la partí a la mitad, luego en cuartos. El tacho de basura estaba a mi alcance, alcanzó con estirar el brazo.

Mientras continuaba ordenando la casa, pensaba en aquel paisaje. Me detuve un instante para mirar a través de la ventana, ese otro marco; sabía que, para la próxima vez que ordenara la casa, esa postal que hoy me había cautivado pasaría al olvido.



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jueves, 29 de noviembre de 2012



PROYECTO NOVIEMBRE DE ADICTOS A LA ESCRITURA: PALABRAS PROHIBIDAS

El torno
Ya había transcurrido media hora cuando el ruido del torno se detuvo. Ahora creía escuchar mis latidos acelerados. Me levanté ni bien se abrió la puerta y caminé despacio en dirección al consultorio. Ingresé y me recosté, me sentía atrapado. Caía el sudor sobre mi sien, cuando encendió el aparto y lo acercó hacia mí. Sin dudarlo tomé su mano con fuerza y la aproximé hacia su cara. Forcejeábamos: él se resistía. Me incorporé y caímos al piso. El ruido estridente del aparato me enfervorizaba. Impulsivamente le clavé el torno en la encía, y en un grito desesperado desparramó su sangre todo alrededor. Un chorro me dejó ciego y yo aumenté mi fuerza. Me detuve cuando aflojó la tensión debajo de mi otra mano posicionada sobre su cuello. Restregué mis ojos, tomé aire, y salté de mi lugar para salir corriendo. En la sala de espera no quedaba nadie.


Los niños alegres
Los niños alegres bailan alrededor  del muerto que quedó con los ojos abiertos de par en par. El perro aúlla; ellos lo ceban, como se hace cuando se es pequeño. Hasta que muerde, una sola vez lo hace: suficiente como para hacerse a un lado en cada portón de la calle. Los niños alegres bailan. El muerto: muere.


A media noche
Si supiera lo que pasó en el viaje. Sabe amargo este beso y aún así, lo aprovecho. Imagino nuestro abrazo desde otros ojos. Como una fotografía. El tiempo se detiene justo a media noche. Pienso en voz alta. Me mira. Ahora sus lágrimas caen al ritmo de mis palabras que brotan ya sin freno. Así es esa imagen, como una despedida.