miércoles, 10 de julio de 2013


El castigo (Crónicas H&S)

¿Qué sucederá cuando no haya más espacio para escribir en estas cuatro hojas?  Sospecho que nuestra historia podría llenar miles y miles de hojas y jamás revelar los verdaderos impulsos o propósitos que empujaron los hechos. Por eso pienso que tal vez cuatro hojas sí puedan hacer justicia y revelar la verdad.

Anoche soñé con él nuevamente. Es la tercera vez que me pasa esta semana, como si tuviera que recibir un mensaje oculto a través de sus imágenes que se me revelan tan vívidas y con una coherencia que me perturba. En el sueño estamos encerrados en un galpón cuya llave cuelga de mi cuello, atada a un cordón dorado. El lugar está repleto de enormes máquinas. Nos rodean. El olor a grasa  y aceite me hacen sentir sucia y con la impresión de estar así desde hace varios días. Rechinan las cadenas mientras transportan piezas de hierro y chapa. El ruido que provoca la fricción de los metales y las chimeneas soltando vahos comprimidos es ensordecedor; casi hay que gritar para poder entenderse. La única luz que ilumina esa caja mustia llega desde unos largos tubos fluorescentes enjaulados al techo. El parpadeo de las luces refleja en el piso y me hace cerrar los ojos. Bien podría ser de día o de noche. El calor forma un caldo con la humedad que sube por mis piernas, me sofoca.  Se me nubla la vista cuando veo los hornos de fundición de los que proviene esa masa ardiente. Estoy de pie junto a uno de ellos. Mientras tanto, él de rodillas delante de mí y ambos  empapados de sudor. En mi mano tiembla la pistola con la que le estoy apuntando directo al rostro mientras él me mira con una calma casi insolente.  “Vas…a pagar…por…tu…encanto…excesivo”, le digo masticando cada palabra mientras apoyo el cañón del arma en su frente y lo hundo en la piel con cada pausa. “No podés odiar algo de manera tan violenta sin que al menos una parte tuya también la ame”, me responde sin parpadear. Levanto entonces la pistola apuntando hacia un fondo oscuro, la sostengo unos segundos por encima de mi hombro derecho y siento el peso del metal en mi mano.  Aprieto con fuerza el mango del arma mientras busco el gatillo con el índice. Tiemblo de ira e impotencia y mientras se escapa el momento remato el golpe violentamente. Justo antes de alcanzar ese rostro inmutable, me despierto.
Abro los ojos con la sensación de estar ahogándome. Aún siento su presencia grabada en la oscuridad de mi habitación, como si estuviera proyectado.
Apoyo los codos sobre el colchón para poder levantarme pero mi brazo derecho cede y caigo nuevamente sobre el colchón. Me doy cuenta  de que tengo el brazo dormido y el puño cerrado. Me incorporo ayudándome con la otra mano y  salgo de la cama con la impresión de que aquel cuaderno es el culpable de mis pesadillas. Me paro y lentamente camino hacia el baño tanteando la pared. Enciendo la luz que inmediatamente me ciega y cuando me voy acostumbrando me veo en el espejo, pero no… prefiero evitar el reflejo. Agacho la cabeza y comienzo a sentir el agua que llevo con mis manos a la cara y la nuca. Me siento sobre la bañera y me quedo unos segundos ahí mientras corre la canilla. “La situación me está sobrepasando”. "¿Qué voy a hacer sin él?, ¿qué sentido tendrá entonces todo esto?”
Después de todos estos años ya no soy la misma. Del odio que tenía ya no queda más que una sórdida amargura; no sé si lo que siento es rencor por todo lo que él me hizo o resentimiento por haber resignado parte de mi vida a darme revancha. Supongo sería la desesperación lo que me llevó a actuar así —ya no lo recuerdo—, sin embargo, en el fondo siempre supe que estaba cometiendo un error.    
Camino hasta la cocina y a través de la ventana veo la casita en el jardín. El reloj que hay en la pared indica que todavía no son si quiera las seis de la mañana. Me pongo un abrigo sobre los hombros por encima del camisón y atravieso el patio hasta ahí. Jamás hubiera él imaginado cuando nos mudamos, que el galpón que él mismo construyó para guardar las herramientas, sus bicicletas y las chatarras, como el televisor blanco y negro que nunca quiso tirar,  pasaría a ser su celda. Siempre repetía: “¿Para qué tanto jardín? La casa es diminuta y si tenemos hijos nos va a quedar chica”.  Si hubiéramos tenido hijos no sé dónde estaríamos parados ahora. Lo que sí sé es que de haber sido el caso, jamás hubiera podido llevar a cobo este plan, o como sea que se llame esto. Creo que hubieran hecho que mi vida sea más alegre, pero es inútil, ya no puedo pensar en eso, ha pasado tanto tiempo. Tal vez podría haber formado otra pareja, o vivir en algún otro lado, más cálido, tal vez en la costa. Se me quiebra el cuerpo de solo pensarlo. Tantos años desperdiciados... Las cosas son así, ya es tarde para arrepentimientos.
Todavía no logro olvidar cuando se confesó y me contó lo que había hecho. Fue como si me hubiera clavado un punzón en el hígado, una sensación de amarga muerte. Estaba abatida, no sabía si escapar o devolverle el mismo dolor que me había causado. Había vivido una mentira, tantos años. El odio que sentía era devastador. Entonces fue que pensé en el plan. Sabía que lo que había decidido no sería fácil pero tenía que hacerlo, para desquitarme, para desahogarme. Al principio fue duro pero el tiempo, luego se encargó de tornarlo en una rutina.
Avanzo por el jardín hacia la casita. Al ver el vapor que sale de mi boca me sobresalto —estaba hablando sola sin darme cuenta—: “Que estupidez, si bien estaba susurrando, podría escucharme y despertarse”. No estoy de ánimo como para escucharlo y no quiero que nada interrumpa mis pensamientos o el silencio en el que me estoy moviendo. Me cuesta avanzar: la humedad se cuela por mis tobillos, siento como si hubiera pisado un hormiguero y las hormigas, con sus tenazas, estuvieran mordiendo cada milímetro de los pies. Sigo camino hacia la casita. La claridad del horizonte deja ver un cielo azul todavía con algunas estrellas. Cuando llego a la puerta apoyo la oreja. El silencio profundo me da un escalofrío erizando la piel del antebrazo que se evidencia al estirarme para abrir la puerta. Bajo el picaporte y entro sin hacer ruido, esperando que todavía esté dormido. Cierro con precaución para evitar que una brisa fría o algún ruido de la calle se logren colar. Camino los dos metros que separan la entrada de las rejas de su habitación y ya frente a su cuarto veo que no se ha despertado. Me acerco hasta abrazar las barras de las rejas y es entonces cuando el llanto me vence. Intento reprimirlo pero no lo puedo evitar, se me tensa el rostro y voy sintiendo como se me llenan los ojos de lágrimas al verlo. Lo escucho respirar con dificultad; tiene ese bulto en la garganta que aprisiona sus vías aéreas: ya casi ha alcanzado el tamaño de una pelota de tenis en el último mes, y no hay que ser un experto para deducir que no faltará mucho para el final.
Me arrebata la idea de la soledad. De mi vida sin él. A pesar de mi odio visceral, a pesar de mi proyecto de castigo y los casi quince años de encierro en ese cuarto sin hablarle ni una sola palabra. A pesar de desear desde lo más profundo de mi ser que su vida sea un calvario colmado de silencio y ausencia; un inacabable bloque de tiempo en el que la culpa lo ahogue hasta absolverlo. Que el único rostro que vea durante el resto de su vida sea el mío, el de su verdugo, alimentándolo religiosamente cada día bajo el más claustrofóbico de los silencios —hasta las ventanas encargué sellar con cristales especiales para que la burbuja sea aún más impenetrable—, y que el único ruido que pueda oír sea la mínima porción que se puede escabullir durante la fracción de segundos que permanece abierta la puerta hasta que yo entro cada mañana. Y a pesar de todo, me invade un terrible frío al ver el bulto en su garganta y sentir que el final está cerca, que mi meta está a la vista, que mi plan se ha desplegado con máxima eficiencia y precisión.
Me acerco a la mesa que hay junto a la pequeña cocina y abro el cuaderno rojo de espiral que hay junto a un plato con frutas. Sus hojas son de papel grueso y absorbente, tamaño de carta y con cincuenta renglones por carilla. Lo abro por la mitad, me mojo el dedo índice con la lengua y separo cuatro hojas del bloque izquierdo. Cuidadosamente las voy cortando mientras me aseguro que se separan prolijamente a través del margen indicado para tal propósito. Las acomodo a un costado mientras cierro el cuaderno y deslizo la palma de mi mano derecha sobre la mesa sintiendo su superficie liza.
Así lo he decidido. Antes del final ambos tendremos la posibilidad de llenar dos hojas cada uno con nuestra verdad. Y así yo me aferraré a esa confesión hasta el día que la muerte nos una. Sellaremos nuestra historia con la libertad que sólo otorga la palabra.






martes, 28 de mayo de 2013



La muerte nunca muere (crónicas H&S)

Sebastián se llamaba, igual que yo. Cuando lo atendí por primera vez me hizo reír. El tipo hacía chistes con su enfermedad que yo no me hubiera atrevido a hacer ni siquiera entre mis colegas más cínicos. Los primeros cinco minutos de charla que tuve con él me hicieron pensar que era un negador, que detrás de esa risa vivía un pobre tipo, un infeliz; tal vez porque el entusiasmo que expresaba no comulgaba con su mirada. Sin embargo, con el tiempo entendí que no; mi paciente estaba realmente contento, el cáncer era lo mejor que le había pasado: así me dijo. Me estuvo contando durante un buen rato que, desde que le diagnosticaron el tumor, su vida había mejorado en todos los aspectos: sus hijas lo pasaban a buscar día por medio para ir a comer o tomar un café, su ex mujer le hacía todos los trámites administrativos, y además, como si esto fuera poco para alguien que aún le guardaba algo de rencor por sus repetidas infidelidades a lo largo de los quince años que duró su matrimonio, cada tanto le hacía llegar por alguna de sus hijas, viandas en tuppers que según me contaba, siempre olvidaba devolver, y poco a poco se acumulaban en las alacenas de su cocina. -¿Cómo no pensar que es lo mejor que me pasó en tanto tiempo? -Me decía -Si hasta  las noches de póker con mis amigos pasaron de ser sólo los jueves a tres veces por semana. -. No fumaban, se justificaba como un adolescente buscando mi aprobación médica, pero se bebían una botella de single malt en cada encuentro: un whisky escocés de la isla de Jura que Sebastián había visitado hacía unas semanas, justo después de haber recibido la noticia del tumor. La combinación de su debilidad por el whisky y la noticia –entre líneas- de que sus días estaban contados, lo habían llevado a permitirse el primero de una serie de placeres postergados.
Era un cambio; de estar solo, desempleado y deprimido, había entrado en un ritmo de vida que no podía despreciar. Seguía sin trabajo, es verdad, pero tampoco lo buscaba, tenía poco tiempo y no lo iba a malgastar. Había guardado unos pocos ahorros que le alcanzarían para el tiempo que estuviera vivo, y de última, siempre podría pedir prestado a sus hijas o a algún amigo. Él sabía que gran parte, sino todo, de lo que recibía era generado por la culpa, pero eso, era problema de los otros.

Con el tiempo entendí que Sebastián pasaba asiduamente por mi consultorio porque en realidad apreciaba nuestra amistad anónima y el tratamiento de acupuntura que yo le realizaba, en verdad, no era más que un pretexto para nuestras charlas.  Durante las sesiones, él me hacía algún comentario sobre su evolución, yo lo revisaba, le indicaba alguna modificación en su dieta y nos quedábamos charlando una media hora de sus cosas, a veces de las mías.
En ciertas ocasiones se presentaba incluso sin cita previa, y no le molestaba esperar sentado, la posibilidad de que algún paciente cancele o se demore. Sacaba un libro de su bolso y se ponía a leer como si no tuviera nada mejor que hacer. A mí, lejos de fastidiarme esa actitud -la cual jamás hubiera permitido en otros pacientes-, me resultaba atrayente. Confieso que, en el fondo, Sebastián y su enfermedad me provocaban una curiosidad casi morbosa. De algún modo me sentía un espía en esta historia que avanzaba hacia un desenlace estaba inevitable. Y a pesar de ese final, borroso, pero que día a día tomaba  forma con la velocidad de lo ineludible, jamás había el mínimo destello de melancolía en nuestros encuentros; todo lo contrario, sus comentarios tragicómicos sobre cómo él imaginaba que sus seres queridos –y los no tanto- vivirían su muerte, me parecían tan mordaces que me hacían saltar lágrimas de risa. Más de una vez, y enrojezco al confesarlo, volviendo a casa en subte me supuse víctima de una enfermedad terminal para poder sentir, si quiera a través de la imaginación, la sensación de saberse con los días contados, pero esa idea quedaba lejana al caer en la cuenta de cómo realmente me sentía.

Un jueves por la mañana durante una de nuestras consultas, Sebastián me invitó a jugar al póker con él y sus amigos. Al principio dudé en aceptar, me sentía incómodo rompiendo una dinámica de viejos amigos. Sin embargo me había hablado tanto de ellos que hasta creía conocerlos; de hecho me di cuenta que, en mi fascinación por esta historia, había formado una opinión de casi todos ellos. Sobre todo de un tal Hernán, un amigo suyo del colegio, el cual, según deduje de las charlas con Sebastián, era un tipo bastante radical en sus opiniones, de esos se aferran a una idea y jamás la modifican, así sea por orgullo. Esa actitud me caía bastante mal, pero tenía que aceptar que me sentía algo identificado con esa forma de ser. Terminé por aceptar: una vez más la curiosidad por descubrirle un nuevo matiz a esta relación, me había ganado.

El encuentro era en la casa de Ariel, el anfitrión. Quedaba cerca de la mía por lo que decidí ir caminando. Llegué un poco pasadas las nueve y luego de confirmar por teléfono que Sebastián ya estaba allí; no podía dejar de sentir que mi presencia era inoportuna. Me abrió la puerta un tipo alto y robusto que luego supe sería Hernán. Lo primero que me llamó la atención de él fue su forma amistosa. -¡Buenas noches ¨tordo¨! ¡Epa!, usted sí sabe ganarse a la tribuna -dijo mientras miraba la botella de whisky que había traído. -Pase nomás, estamos en el fondo -. Nos quedamos allí hasta las tres de la mañana, justo media hora después de que se sirviera el último trago de whisky. A pesar de que la noche fue distendida, esa media hora final fue algo extraña. Bastante incómoda para mí, que no había logrado dejar de sentirme como sapo de otro pozo desde que había entrado hacía ya casi seis horas.

Todo comenzó cuando Sebastián, claramente borracho y alegre, soltó uno de sus chistes habituales: -¡Muchachos! –dijo alzando el vaso -Prométanme que si en algún momento me quieren internar y no pueda disfrutar de esto, alguno de ustedes va a desenchufarme y mandarme al otro lado. -¡No digas boludeces! -interrumpió Hernán con un tono que censuraba las risas que podría haber provocado el comentario de Sebastián -Si a vos te internan es porque los médicos te van a salvar. No podés ser tan pelotudo de no poner esfuerzo de tu parte y luchar por tu salud. Si hubiera estado en un bar, pensé, ya me hubiera levantado discretamente para alejarme de la situación. Siempre fui alérgico a los borrachos moralistas y sus monólogos sin humor.  -Bueno, ya sabemos que Hernán no será el que se anime a matarme –dijo  Sebastián exagerando una risa que le resaltaba los parpados caídos. Quise reírme al escuchar esto pero preferí quedarme callado para no ofender a Hernán o llamar la atención de algún modo. -Ni yo ni nadie debería matar a nadie, pedazo de boludo. O te crees más listo que un médico que se quemó las pestañas durante años para saber cómo salvar a ignorantes como vos - respondió Hernán. -Y ya que estamos, a ver si te dejas de joder con eso de la acupuntura y vas a ver a un médico de verdad…, sin ánimos de ofender tordo – remachó Hernán sin mirarme. -No pasa nada -, dije con mi mejor sonrisa de estúpido-. Con algo hay que robar, ¿no? -Pues no sabes lo feliz que me harías si me echas una mano con la parca -, susurró Sebastián mientras dejaba caer el peso del cuerpo en el respaldo de la silla.

A partir de ese momento creo que todos hicimos un esfuerzo conjunto por agilizar el cierre de la velada y evitar seguir diciendo cosas que al día siguiente nos lamentaríamos. No me acuerdo muy bien cómo fue que nos despedimos, sólo recuerdo que cuando me levanté de la silla el mareo era evidente. Por mi parte, decidí volver a pie, no me venía mal tomar un poco de aire. Además me habían entrado unas terribles ganas de fumar y quería ver si de camino encontraba un kiosco abierto para comprar cigarrillos. Si bien dejé hace ya más de diez años, cuando bebo me gusta fumar solo, como sellando un secreto. Javier y Leandro dijeron estar demasiado borrachos como para volver a sus casas manejando y optaron por quedarse a dormir en lo de Ariel, en definitiva nadie los esperaba en sus camas; tampoco a mí, pero prefería mi cama. Hernán, en cambio, se ofreció para llevar a Sebastián en auto a su casa.


Yo me enteré del accidente recién al mediodía siguiente. Me llamó Javier. Había sido él quien buscó mi número de teléfono y el que me dejó el mensaje de voz en el contestador del consultorio; ese viernes llegué más tarde de lo habitual, y a pesar de no tener mucha resaca, el cansancio no me dejaba pensar con claridad. Apenas escuché la voz de Javier supe que serían malas noticias. Me pedía que lo llame y me dictaba lentamente su número de teléfono al final del mensaje. Así lo hice, llamé y mientras esperaba con el tubo pegado al oído pensé que este no era el final que yo había imaginado.
Según contó Hernán a la policía cuando le tomaron declaración, un hombre se le había aparecido de forma súbita entre los autos estacionados con la intención de cruzar la avenida desde mitad de calle. Cuando lo alcanzó a ver, giró el volante pero la lluvia en el asfalto lo hizo derrapar hasta chocar de costado con el semáforo. Él salió totalmente ileso; salvo por una costilla que se había quebrado, el resto de su cuerpo no había sufrido ni un rasguño. Sebastián, en cambio, había muerto al instante como consecuencia del impacto en el cuello. Según el doctor, las víctimas de este tipo, causadas por un impacto tan brusco, no sienten dolor. Nos decía esto como si fuera un consuelo, y en algún punto lo era, al menos para mí.

Pregunté por Hernán y el médico me informó que estaba internado en observación. Volví al hospital esa misma tarde y en recepción me informaron que  estaba en la  habitación 308.  Al llegar a la puerta me detuve sin abrirla, en realidad no sabía a qué había venido ni qué iba decir. Asomé la vista por la ventana circular que había en la puerta y lo alcancé a ver con claridad. Estaba recostado de lado, con el cuerpo girado hacia la puerta y los ojos abiertos. Si no fuera por el suero en su brazo izquierdo, jamás se imaginaria uno que ese hombre había sufrido un accidente hacia tan solo unas horas. No tenía ningún daño visible y el rostro, si bien se veía agotado, no mostraba huella de lo ocurrido. Su mirada se posaba en algún rincón del suelo y la cabeza asomaba a unos centímetros del colchón. la mirada cha o izquierdo no habia ver a sus casa manejando y s. La mano derecha acariciaba el borde de la mesa que había junto a su cama. Tenía un aspecto dubitativo, y noté como detenía el movimiento de los dedos justo en la esquina de la mesa que presionaba con fuerza. De repente alzó la vista y me vio; me reconoció de inmediato, y al verlo mirándome, me di cuenta de que el daño que había esquivado su cuerpo, había alcanzado la mirada. Algo en ella no encajaba con el cuerpo ileso. Antes de que yo levantase la mano para saludar, Hernán se giró hacia la ventana y me dio la espalda. Durante unos segundos me quedé ahí parado, desconcertado, pero inmediatamente retiré la mano del picaporte y me fui. El pasillo se hizo un poco largo, pero al entrar en el ascensor me llegó el consuelo que estaba buscando, entre las imágenes de la noche anterior, las discusiones, el juego, del que no sabía quién había salido ganando; riéndome solo, recordé a Sebastián.   


lunes, 15 de abril de 2013





Giro
Fue todo en el momento en que dobló a la izquierda, dejábamos atrás el sol de la tarde y silencio se profundizaba, aún más que el silencio incómodo generado entre dos personas que no tienen nada para decirse.
El ruido de las gomas del auto rozando contra el pedregullo mezclado en la tierra me llevó directo a mi infancia, cuando en un viaje, el mismo sonido reverberaba en la noche cerrada de un pueblito de las afueras de Buenos Aires.
El movimiento del habitáculo producido durante el giro, me sacudió y me dejó de un empujón contra un panorama nuevo: un centenar de cruces de piedra, todas blancas.
Sin mirar intuyo su intención, aún antes de que disminuyera la velocidad, aún antes de salir de casa: ella estaba cumpliendo el deseo de compartir un trozo de su pasado conmigo y yo, aceptaba gustoso -alimentándome de la desnudez que se guarda en secretos ajenos-; allí, en ese acto breve, brevísimo, reside la contradicción de lo simple y lo complejo, la vida más real que pueda contemplar, y yo ahí, testigo.
Del movimiento producido en la curva solo quedó la inercia jugando entre el polvo que nos perseguía a ras del suelo. Nos miramos, o mejor dicho, la miré, y ella dirigió su mirada hacia mi lado pero hacia fuera mientras con su mano a ciegas abría la puerta sin decir palabra. Yo bajé copiando sus movimientos, esperando que me guíe hacia donde se dirigía. Me adelanté unos pasos, quité la cadena de la puerta reja y entramos.
Las lápidas y cruces correctamente ordenadas, paralelas, perpendiculares, y nosotros a paso lento siguiendo la diagonal que conoce de memoria. Escuché el canto de algunos pájaros y el fluir de la brisa abriéndose camino entre las hojas de los árboles.
Estábamos parados frente a un pequeño muro de cemento con un nombre propio, frente a lo que fue de un hombre -ahora era un jardín pequeño enmarcado-, sobre la lápida asomaban dos florcitas violeta.
Mientras esperaba sus tiempos, pensaba que ese día era treinta y uno de diciembre, un día como ese moría mi abuelo: la primera vez que lloré por una muerte y la última vez que fui a la casa de la costa.
Ella dijo unas palabras, pensamientos en voz alta; yo escuché y acompañé rozándole la espalda y la mano, aunque lo que quería en realidad era abrazarla y tomarle la mano que colgaba vacía al costado de su cuerpo levemente encorvado.
Quizás pensé como un atrevimiento el meterme en el diálogo que tal vez podría llegar a estar teniendo ella y su él, o lo que fue de él.
Sin más, pegó media vuelta y tiró una frase al viento que me dejó con la boca cerrada, y así, aún sin decirnos nada, subimos al auto para seguir viaje.
Aquel día, en ese giro, con el atardecer a cuestas, ella fue real; yo estuve allí, como un espectador, como un niño que con los ojos abiertos y la boca floja, se asombra  ante el encuentro de algo nuevo, algo desconocido de nuestra frágil relación. Ya era tarde para volver las cosas a cero. Quedaría en mi memoria aquella curva, el cementerio –eso lo sabía-. Quedaría siempre asociado a la idea de que solo allí nos habíamos conocido, solo allí habíamos sido sinceros.



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lunes, 25 de febrero de 2013




Pesadilla en el parque de atracciones

Un domingo familiar nunca viene mal. Mi sobrino estaba cada día más grande pero todavía seguía disfrutando de los paseos por el parque al atardecer. Nos escapamos, él y yo, de la sobremesa para tomar un poco de aire y, por mi adicción a los juegos de kermés. Primero lo llevé a la calesita; pasaban un tema de “Manel” que, a pesar de que desentonaba con el vaivén de los corceles del carrusel, movía alguna fibra adentro de mí, nostalgia tal vez. Iba por la quinta vuelta cuando empezaron a iluminarse los típicos juegos de feria: el tiro a los patos, el juego de embocar el aro en las cajitas de fósforos, lanzamiento de pelota, el martillo.

Esperé que terminara la última vuelta y cruzamos el parque en dirección a la kermés. Empezamos por el juego en que, con una pistola de agua, hay que embocar el chorro en la boca de un vaquero. Me fue bastante mal, había pasado mucho tiempo desde mi última práctica de tiro al blanco. Después fuimos al juego de encestar la pelota en la canasta. Gané. Me dieron a elegir un premio y yo le di a elegir a mi sobrino que ya apuntaba su dedo hacia un camión de plástico de esos que cargan arena en la caja. Lo recibió con una sonrisa de oreja a oreja, sosteniéndolo bien fuerte dio media vuelta y salió corriendo –tal vez temía que tendría que devolverlo, o que yo quisiera quedarme con el premio, no sé-. Llegó hasta donde estaba el vendedor de globos y me echó una mirada compradora de esas que hacen lo chicos cuando quieren algo. Me acerqué al globero y compré dos globos: uno se lo di al nene y otro me lo quedé para mí –el chico estaba un poco excitado, corriendo de un lado a otro, si se perdía podría reconocerme por el globo-.

Otra vez salió disparado, ahora con el camión abrazado al cuerpo y el globo en la otra mano, se fue en dirección al juego del martillo; Si tenía la intención de que pruebe “el martillo”, estaba equivocado, no quería pasar vergüenza –alguna vez había intentado, y golpeando con todas mis fuerzas, logré que la bola llegue a la mitad: paupérrimo desempeño-.

Me quedé parado haciéndome el distraído hasta que sentí algo frío por detrás, un fierro se clavaba en el huesito de la espalda, justo encima del culo. Atiné a darme vuelta y noté que era un payaso, “quedate quieto o te quemo”, me susurró al oído y agregó: “dame la billetera y hacete el boludo, despacio, ta’ todo bien-. Mientras llevaba la mano al bolsillo –no sé por qué- solté el globo. Noté como aflojaba la fuerza el metal de la pistola en mi espalda y que la cabeza del payaso se inclinaba, estaba mirando al globo que salía volando. Pegué un codazo hacia atrás y una patada, casi al mismo tiempo, el payaso se dobló sobre sí mismo. Un cachorro caniche que estaba a unos metros, viendo la escena de violencia, se vino al humo, se aferró con  los dientes a mi pantalón y esta vez, cuando el payaso se levantaba con el arma apuntándome, pateé con todas mis fuerzas al aire, el perrito salió volando en dirección al payaso y se clavó con las uñas a su cara, el tipo soltó el arma para sacarse al animal de encima; salté y la recogí. La escena era confusa, los rulos turquesa del payaso se mezclaban con el afro blanco del perro que ya había echo su trabajo dejando la ropa de arlequín hecha jirones. Cuando me fui de ahí hacia donde estaba mi sobrino, escuchaba de fondo los gritos del payaso y los gruñidos del perrito, la gente llamaba a la seguridad: “¡Policía, policía!”, gritaba la dueña del caniche; de fondo se escuchaba el vals “Sobre las olas”. Tiré la pistola en un cesto de camino, y así como venía, agarré a mi sobrino, lo alcé y me fui al trote. Cuando ya estaba en la esquina de casa, palpé mi bolsillo, la billetera estaba ahí. Nos guiñamos el ojo cuando le dije al chico que no diga nada de lo que había pasado y seguimos camino a casa, en silencio.



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jueves, 7 de febrero de 2013




A tres centímetros del suelo

Las seis. En punto. Llega el auto de siempre. El lugar de siempre. Se detiene el motor dejando un vacío en el aire –siento cómo puede escuchar mi respiración- que me agita un poco. Ella baja del auto con su vestido de flores; está arrugado por el viaje: desde la oficina hasta la casa tiene una media hora. Alguna vez acompañé su ruta, escuchando discos durante el trayecto.
Entró en la casa como siempre –mirando hacia ambos lados, con la llave en mano antes de alcanzar la puerta- entró. Yo estaba ahí hace un rato aguardando el momento de sacar la llave que sujetaba en mi bolsillo del pantalón: era la última copia o, la copia de la copia, la que no se devuelve.
Crucé la calle rápidamente no sin antes fijarme alrededor para ver si había alguien mirando. Abrí el cerco y me arrimé a la puerta, tomé el picaporte. Hice una pausa. Apoyé la frente en la madera para hacer un mapa mental de la casa, recordaba cada  rincón como si fuera hoy el día que me había ido, podría dibujarlo con los ojos cerrados.
Apoyé la oreja para comprobar que no había nadie detrás –en efecto, no había un solo ruido- y coloqué la llave; le di las dos vueltas necesarias, y giré mi mano empuñando el bronce frío para abrir. Me metí de una zancada y me arrojé hacia adentro, hacia el hall de entrada, y con un pequeño salto, alcancé una columna para ocultarme y esperar. En mi mano izquierda tenía lo que había venido a darle.
Crucé el living en cinco pasos hasta el tabique que lo separa de la cocina. Escuché unos ruidos: eran sonido de vajilla, de porcelana. Esperé hasta que se fuera –ella siempre sale al jardín para su tomar su café-, era cuestión de tiempo, pero estaba seguro que lo haría, tal como siempre en cada tarde de verano; aun cuando llovía corría con sus manos tapando la taza de café hasta quedar debajo del techo del invernadero –su segundo hogar-.
Esa repetición era lo que más recordaba, cuando la veo hacer sus ritos una y otra vez, me vuelve esa sensación de estabilidad, de seguridad. Asomé los ojos para verla a través del vidrio de la puerta que me separaba de ella. El crujido que hizo la bisagra me hizo dar un salto hacia atrás -pude sentir como se aceleraban mis latidos: contuve la respiración…
Hubo un silencio del otro lado, luego un cajón se abrió –cerré los ojos queriendo desaparecer-, era ese el momento, tenía que avanzar, ya no había vuelta atrás.
Un portazo me sacó del estupor; al parecer, ella había ignorado el ruido –salió al jardín: pensé- Abrí la puerta suavemente y entré en la cocina. Esta vez avancé lentamente, disfrutando cada paso; me acerqué a la puerta ventana que daba al jardín y empujé el mosquitero; había atravesado el marco de la puerta cuando apareció repentinamente, ella, con un golpe que descargó contra mi pecho inflado. Sus ojos se llenaron de lágrimas en ese instante que nos vimos, y mientras daba unos pasos hacia atrás, yo me acercaba. Ella cayó a una silla que estaba detrás, y yo empecé a sentir una debilidad en mis piernas que me hizo caer de rodillas al piso. Me sentía débil en todo el cuerpo y lo que veía se iba tiñendo de verde. Apoyé una mano en el césped, luego la otra, dejando caer lo que le había traído.
Estaba tendido sobre el pasto. Un rayo de sol se reflejó en el cuchillo que tenía clavado entre las costillas. Me sentí feliz como hacía mucho tiempo no me sentía. Antes de cerrar los ojos, pude ver sus pies, elevados del suelo, al menos eso parecía, y yo sabía que si estaban flotando…, eso era por mí. 



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martes, 29 de enero de 2013




El vuelo mágico

Lo primero que vi cuando entré en el hospital fue un calendario que colgaba detrás de la secretaria de mesa de entradas; un recuadro en color rojo me recordaba que era veinte de diciembre. Mientras la secretaria me entregaba un sobre con los últimos estudios, imaginaba delante de mí una pantalla en la cual proyectaba –siguiendo las profecías Mayas- la visión del fin del mundo.   

Mi madre no sabía nada de todo esto; ella estaba internada hacía un mes y se había perdido todo el bombo que le habían dado en los medios al asunto. Aún seguía en coma desde el día del accidente, y el pronóstico no era alentador. La última semana había pasado de visita todos los días. Me quedaba unas horas en el hospital: leía, hablaba por teléfono para arreglar asuntos pendientes del trabajo. Nada especial, simplemente estaba. Cada tanto me quedaba observando su cuerpo casi irreconocible detrás de todos esos cables y mangueras.

Entre los cambios de guardia, mientras esperaba, volví a pensar en la predicción. La profecía había sido clara: el día de mañana –según había leído- se alinearía el sol con otras dos estrellas y eso causaría…no recuerdo qué; y después, le seguirían tres días de oscuridad –la luz eléctrica desaparecería- y luego comenzaría una época de luz .“Regirá la energía fotónica”: decían. Todo lo que anunciaban era bastante complejo, sin embargo, hasta ese momento (las seis de la tarde del día previo al fin del mundo) no había ningún indicio de todo eso.

Hacía unos días había visto una película de Lars Von Trier: “Melancolía” se llamaba. También trataba el tema de los últimos días, pero, a diferencia de nuestro profético final abrupto, en el film,  el proceso “armagedónico” duraba días.  

Los médicos entraban y salían para hacer los controles. Yo leía en el diario una nota sobre todo el alboroto social que rodeaba a este día. Era un análisis del tipo sociológico, y llegaba a la conclusión –de manera implícita- de que la raza humana es bastante estúpida. Yo, personalmente, creo que todo ese clima de fervor se debe a que la gente está aburrida.

Me quedé un momento callado deseando recibir una respuesta, pero como es de esperar en estas preguntas, existe solo el silencio. Cuando miré la hora, vi que habían pasado cuarenta minutos. El sol empezaba a caer, entraban los últimos rayos a través de la ventana. Me levanté del sillón y me acerqué a ella, a mi madre. Noté que no me generaba tristeza, no me generaba nada. La observé detenidamente intentando recordar cuando estaba despierta: lo único que logré evocar fue el recuerdo de mi infancia de cuando estaba en la plaza; mientras yo me hamacaba, la veía entre la gente, mirando hacia un horizonte imaginario, perdida; un poco como la veo ahora. Me incliné y le besé la frente, después presioné el botón del respirador, lo dejé en la posición de: OFF.

Agarré el bolso y salí del hospital. Tomé un taxi en la puerta y le indiqué el camino hacia la estación: el tren salía en media hora. Caí en la cuenta de que entraría en el día del fin del mundo, en el camarote de un tren –de alguna manera estaba viajando a otra vida, como había leído en ese último párrafo de la profecía maya: “el vuelo mágico”-; lo mío era más humilde. Ni bien el inspector me picó el boleto, caí en un sueño profundo. Me dejé llevar, no sin un poco de pena por no poder aguantar hasta las doce...

Cuando volví a mirar la hora ya era de día, el ruido del tren me mantenía adormecido y aún faltaba un buen rato para llegar a destino. Pensé en mamá, ella también estaría viajando. En la pared del camarote había un reloj eléctrico, debajo de las agujas colgaba un cartelito que indicaba la fecha: era veintiuno de diciembre, año dos mil doce. El sol estaba cerca de la línea del horizonte, era una esfera anaranjada que se alzaba sobre el desierto; no había ningún animal a la vista ni árboles ni nada. Yo seguía allí sentado, dejando pasar el tiempo, recordando su mirada, tan parecida a la mía.

jueves, 27 de diciembre de 2012


Directo al barranco

Relato basado en un título cedido por Erzengel (Ejercicio para Adictos a la escritura)



Giró la llave; ni bien puso primera, la aguja del tacómetro cruzó la línea roja. La estela de humo que dejó al salir de allí le generó tos a su mujer –él jamás se enteraría de este hecho- que quedaba llorando desconsolada en la vereda.

Era temprano para ser un domingo: la calle estaba vacía excepto por la presencia inmóvil de ella: parecía congelada en el tiempo: una fotografía. El espejo retrovisor devolvía la imagen de una ruta en la que su mujer se había transformado en tan solo un punto de en un punto de fuga.

En el asiento del acompañante estaba la carta abierta que había encontrado al levantarse; podría ser una hoja de papel común y corriente si no fuera por lo que tenía escrito. Él miraba la carta de tanto en tanto, y cada vez que lo hacía se le llenaban los ojos de lágrimas –aceleraba más cada vez que la veía- por la imagen que se iba armando en su mente.

Atravesaba el desierto a toda velocidad intentando ganarle al tiempo. Tenía un destino marcado que conducía directo al barranco de la colina; iba rasando ese camino que se encogía a medida que avanzaba.

El auto se detuvo: el motor estaba apagado -había olvidado cómo había llegado hasta allí, cómo había hecho el último tramo-. El silencio del desierto se quebraba con el chillido de un águila que acechaba el vehículo detenido a la vera del precipicio; mientras él, aún sentado, aferrado al volante, giró la vista y desprendió una mano para volver a tomar la carta y volver a leerla.

El temblor de los dedos dificultaba su lectura pero él insistía: se detenía en cada palabra, las separaba en sílabas como cuando era niño. Levantó la vista cuando cayó una lágrima sobre el papel, y con la mirada borrosa, contempló en el horizonte…

Abrió la puerta, sacó una pierna, luego la otra, y sin cerrar se asomó al abismo. Todo era cierto, las palabras cobraban vida revelando sus pensamientos más oscuros: ahí yacía su hijo en la base de aquel barranco, desparramado sobre una roca, sobre un charco de sangre -lo había visto con vida la noche anterior, antes de encontrar la carta en su habitación vacía-. Él, padre, vencido, cayó de rodillas sobre la cornisa de aquel precipicio, preguntándose lo que solo él sabe, ignorando lo que sigue, cómo continuar con vida; sabiendo que, aunque llegara a una respuesta, él había llegado demasiado tarde.



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